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PENTACAMPEONES DE EUROPA LEAGUE

By : Alex González

Enhorabuena, sevillistas, una vez más, nuestro Sevilla se corona como CAMPEÓN de la EUROPA LEAGUE.

El sueño que estamos viviendo con esas 2 finales en cuatro días, peleando con todo un Liverpool, callando el famoso pero esta vez impotente "You´ll never walk alone...", consiguiendo el Título en propiedad tras conseguirlo tres años consecutivos y cinco en total, clasificándonos para la Champions League de manera directa y cayendo en el bombo 2 de los mejores equipos europeos... este sueño no para, seguimos soñando con los ojos bien abiertos, con las ilusiones como si todavía no hubiéramos conseguido nada, con hambre de títulos, de victorias, de enemigos para tumbar.

Señores, disfruten lo que estamos viviendo, el Sevilla FC se ha convertido en un Grande de Europa y sigue con paso firme hacia esa élite que sólo unos cuantos pueden llegar a pisar y que tantos otros ni siquiera se atreven a soñar.

Pero calma, queremos más, el domingo más, otra final. Ya lo dijimos en el artículo de la semana pasada: Necesitamos jugar finales. Ahora vamos a por el Barcelona, el que nos quitó la Supercopa de Europa en agosto, el que ya nos quitó una Supercopa de España en 2010. Ese mismo. El que está considerado el mejor equipo del mundo actualmente. Ese nos espera y nosotros no vamos a faltar a la cita.

Que sigan las bufandas y las banderas al vuelo, todavía nos quedan batallas que librar...

La necesidad de jugar finales

By : Alex González
Quizás puedan acusarme de ventajista si escribo esto que van a leer a estas alturas de la competición, a las puertas de otra noche mágica en Nervión.
Puede que no comprendan mucho de lo que escribo, porque hay cosas que es mejor vivirlas, y algunas son tan personales que pueden ser para el que lee algo muy frío y para el que escribe algo apasionante. Pero creo que ustedes han vivido algo parecido o "de otra manera" con sus familias. Seguro.

Por la bendita costumbre que está cogiendo nuestro Sevilla de llegar a semifinales un año tras otro, las costumbres por feria y por el mes de mayo van cambiando en mi familia. Supongo que a estas alturas de la película ya me habrán leído lo poco que nos hace falta en mi casa para que nos reunamos unos cuantos de primos y tíos para celebrar algo. Y vaya si estamos celebrando, me cago en la leche.
Tampoco creo que les tenga que recordar los abril y mayo de los tres últimos años. Por si acaso: Erbeti, Villarreal, Valencia, Benfica, Zenit, Fiorentina, Dnipro, Athletic y Shaktar. Me encanta cuando dicen que no nos hemos enfrentado a rivales de identidad.

Pues resulta que tras un jueves de Feria sentados en una confiteria de la calle Asunción viendo el partido contra el Zenit, acordamos a la mañana siguiente entre mis primos y yo, reunirnos en mi casa para ver la vuelta contra la Fiore. Así lo hicimos. Cuando el partido se resolvió en un par de lances, pues hicimos lo propio con la final: nos reuniremos para ver la final de Varsovia.

Y a las dos semanas, todos vestidos de rojo, llenamos mi salón:

Allí estaba mis primos Miguel y Fernando, mi hermana Eugenia, mi hermanito chico -que lo es por parte de madre y no de padre- y mi padre, propiamente, del que ya hablamos en este otro artículo y al que hicimos comprar algunas viandas como quesos de untar, fuet, embutidos y porquerías varias que, aunque no quitaran el hambre, nos engañara el estómago mientras no podíamos despegar la mirada del televisor. Aparte de la consabida Coca Cola Zero, que se mantiene a flote en la compañía más grande de refrescos gracias a la insistencia de mis dos primos diabéticos, mi hermana maniática con la Zero y un servidor, que por no pedir una botella sólo y exclusivamente para mí pues se adapta al sabor de la Zero.

Tras este espacio publicitario gratuito, que es lo que más me jode, continúo.

No fueron pocos los nervios que se palparon en el salón, ni trocitos de regañá y de fuets que terminaron rodando por el suelo a cuenta del árbitro y las cabalgadas de un tal Konoplyanka. Pero con el 2-2 en el marcador, en un rebote mal despejado de la defensa ucraniana y con Bacca solo con el portero y el balón entremedio, mi salón se convirtió en un agujero oscuro y profundo en el que todos nos transformamos en algo que no sé si somos o es que lo llevamos por dentro. Gol.

Mi primo Miguel celebró el gol tirándose al suelo de rodillas, como si fuera el mismo Carlos Bacca, señalando al cielo y sin sentir las dos operaciones recientemente hechas en los meniscos y las rodillas.
Mi primo Fernando llevándose las manos a la cabeza llorando y dando vueltas sobre sí mismo.
Mi hermana besándome el claro que empieza a aparecerme por la coronilla, mientras que yo, caído en el suelo, apoyaba la espalda en el sofá, con las manos levantadas y llorando.
Mi hermano, enganchado a la pierna de mi padre, celebrándolo con él y medio llorando también.
Ninguno fuimos conscientes de lo que estábamos haciendo. Ninguno caímos en lo que salía de nosotros. Se acabó el partido. Bufanda, bandera, camiseta y camino de la Puerta de Jerez.

Con el tiempo analicé ese momento de explosión. Y aquí está escrito. No fue exactamente como lo he contado, seguro que me he dejado un detalle en la mochila. Es imposible acordarse de algo si no merece verdaderamente la pena. Fue un momento mágico. Único. Ruego que vuelvan a leer a cada uno de mis familiares, cómo estábamos y cómo terminamos. Magia pura. Demente.

Y eso me hace falta. Yo lo necesito. Tengo la necesidad de jugar finales. De llegar a ellas. De jugar semifinales contra grandes de Europa y decirles desde mi casa: "Mirad, estamos locos". Quiero llenar mi casa todos los meses de abril y mayo de la mayor de las alegrías, de la mayor de las celebraciones, de la mayor de las historias. Quiero llegar a las finales.

Fue el jueves pasado la última vez que nos reunimos en mi salón. Nos reuniremos en el partido de vuelta. Y esperamos tener que volvernos a ver en mi salón cuando defendamos de nuevo nuestra Copa. Lo necesitamos. Necesitamos jugar finales.


La prima de mi amigo. Una historia de amor no correspondido.

By : Alex González

No puedo hablar de mi enfermedad sin hablar de otro enfermo, mi amigo Francisco Luis.
Francisco Luis es un amigo de toda la vida. Coincidimos en cuarto de primaria y nos hicimos grandes amigos, el mejor de mi infancia, sin duda. Su familia me quería muchísimo y la mía a él. Entre otras cosas, porque Luichi, su abuelo, había jugado en el Sevilla FC con un hermano de mi abuela, Fernando. La historia de este Fernando también tiene guasa, y merece la pena que hagamos un paréntesis para contarla.
Este Fernando jugaba en el Sevilla Atlético como portero, canterano vaya. Hizo una temporada enorme, fue un gran portero y muy conocido en la Sevilla futbolera de los cincuenta o los sesenta. Tanto es así, que el entrenador de la primera plantilla, no me pidáis nombre o apellidos, lo convocó para jugar con el primer equipo.

Mi abuela, hermana inocente, adorable y buena persona, siempre nos dijo que tuvo mala suerte y que al final no llegaron a convocarlo. Pero eso no es cierto del todo. Por lo visto, en la tarde que le comunicaron la noticia de que el entrenador lo había llamado, los amigos del Sevilla Atlético lo invitaron a cenar para celebrarlo. Con tan mala fortuna que, claro, lo que suele pasar cuando uno va en este plan: termina con una borrachera enorme que le motiva a imitar cualquier palio sevillano por una callecita estrecha, con sus levantás a pulso incluidas. Pues eso, que la cogió gorda. Y cuando el entrenador se enteró de que por la mañana no tuvo cojones de levantarse sin escuchar las campanas de la catedral en su interior, lo desconvocó y, por eso, mi tío abuelo nunca llegó a debutar. No voy a culpar a ese hombre de que yo no viva en una mansión de lujo, no era Oliver Kahn, supongo, ni me iba a llegar un duro. Pero ya podía haberse cuidado una mijita, para que yo pudiera decir “Mi tío abuelo (a veces lo de tío se obviaba) era portero del Sevilla FC”. Pues no.

El caso, y volviendo a lo que contaba de mi amigo Francisco Luis. Siempre me prestaba el carnet para ir al gol norte con él y su familia. Al tiempo, y gracias a esto, mi padre me sacó mi primer carnet y desde entonces soy socio. Por lo tanto, es algo que le debo a esta familia.

Francisco Luis tenía una prima, y tiene todavía, que era guapísima, y sigue siéndolo. Con pelo largo, seis años mayor que yo y por tanto, en época de merecer por aquel 1999 que les voy a contar a continuación. La muchacha era un encanto y tenía un cuerpazo que no veas. Ahora no sé si decir que lo sigue teniendo porque, aunque sea verdad, yo tengo novia formal y me puede costar varias jornadas de sanción. Bueno, 18 añitos benditos en una muchacha que, encima, era sevillista de las buenas.

Y en una tarde noche de invierno de 1999, nos enfrentábamos al FC Barcelona en nuestro estadio. Ese día fuimos mi amigo Francisco Luis, su prima y yo. Y un cabrón. Sí, de buenas a primeras me entero de que la chavala tiene novio. Y se lo lleva al fútbol. Pero, ¿qué clase de relación es esa? No lo entendía. No solo iba a ver cómo el Barcelona se iba a cachondear de mi equipo, que no había ganado ni un puto partido de liga hasta esa fecha, sino que iba a sentir puñaladas en mi corazón cada vez que aquel niñato se arrimara a la prima de mi amigo.

Empezamos marcando, pero no sentí nada. Fue una mezcla de putos celos unido a la resignación de saber que tarde o temprano Rivaldo y toda la peña iban a meternos cuatro goles, que eso no se debería ni llamar remontada. Ese año, por muy motivado que estuviera por el ascenso del año anterior, no había cojones de ganar un partido. Muchos sevillistas aún recordarán el partido que les digo y muchos pensarían como yo en aquel instante. Bueno, en lo futbolístico.

Como era de esperar, nos remontaron. 1-2. Vaya, qué sorpresa. Pero una extraña ambición en el interior de los once jugadores sevillistas que deambulaban aquella noche por el césped del Sánchez Pizjuán y un “por cojones” que provocaba la grada con su constante animación desde los Biris, cometieron el milagro. Conseguimos empatar. 2-2. Me llevé las manos a la cabeza, lo celebré y se me pasaron los celos, ya el fútbol era el único que no me abandonaba.

Y si raro fue empatar, más raro era que Víctor Salas y Juan Carlos consiguieran hacer una jugada que terminara con el gol que nos diera la remontada. Sí, señores, 3-2. Nuestro Sevilla FC no había ganado ni un partido de liga y ese sábado se propuso remontar un 1-2 al Barcelona. Con dos huevos.


En la grada estábamos que no nos lo creíamos, pegando botes, quitándonos los chaquetones y los abrigos de la emoción. La prima de mi amigo se enroscó en un hermoso beso con su novio que casi le cuesta la muerte a la pareja al poner uno de ellos un pie entre los asientos, inclinarse hacia atrás y no tener fuerzas para volverse a levantar. Pero ahí estaba yo, el héroe de la noche. Aquel que sintió dolor cuando vio que la prima de mi amigo estaba con otro hombre. Aquel que depositaba todas las esperanzas en un dos en la quiniela del partido. Y sin pensarlo un momento, fui a salvarla a ella –al otro que le jodan, si se cae que alguien lo recoja- y la agarré, pero la agarré como solo un caballero podría hacerlo con su doncella. Le cogí de la teta. Con dos cojones. En cuanto volvió a tierra firme, ella me dio un abrazo y celebramos la remontada sin el capullo por medio, hundido en la fila de asientos de abajo y humillado en la derrota porque aquel caballero victorioso le salvó la vida a su novia. Y encima remontamos.

Algunos marcarían esta fecha como la pérdida de virginidad. Yo no. Yo fui un caballero. Nunca más se habló de este tema con nadie. Supongo que ella ni se daría cuenta. Puede que se lo dijera a mi amigo por si su prima le decía algo, no lo recuerdo. Yo marqué el calendario como la primera remontada guapa que recuerdo. Remontada a favor. Porque la primera remontada que yo recuerdo fue en la 96/97, contra un Real Sociedad que iba perdiendo a poco del final del partido.

También iba con mi amigo y su familia, fue cuando empecé a ir al estadio, perdón, Estadio. Ese año íbamos chungos también, teníamos un pintazo a segunda que no nos lo quitaba ni el tato. Y lo que ocurrió es que ese Sevilla FC glorioso que terminaría en Segunda División era capaz de regalar partidos como ese y dejar que los de Anoeta remontaran en cinco minutos. Terminamos con Monchi llorando bajo palos. Y, si no recuerdo mal, fue el debut de Jose Mari, canterano que se nos escapó al Atlético de Madrid por dos duros, aprovechando los de la capital la tiesura que llevábamos en lo alto. La historia del chavalín con los años también es de coco y huevo, pero dejémoslo ahí.

Gracias a Dios y aunque mucho tiempo tuviera que pasar, remontadas históricas se vieron enormes después, como esa eliminatoria de Europa League contra el eterno rival de la ciudad. Quien diga que alguien lo ha pasado peor que cuando nos encajaron dos goles, uno de los tres últimos clasificados de la liga, miente como bellaco. El derbi es derbi. Y encima en UEFA (o en güefa en latín). Por suerte, pude verlo en el Villamarín “en vivo”. La mala suerte, si es que hubo aquella noche, es que lo tuve que ver con el carnet de un bético en territorio comanche, rodeado de criaturitas verdecillas que, con el paso del cronómetro, veían cómo se les venía abajo cualquier esperanza cimentada por Pepe Mel y los suyos en la ida de la eliminatoria.

La celebración de los goles las hice levantando los brazos, haciendo un gesto que podría parecer una protesta por el gol en contra y una celebración a favor en el palco. Fue genial la capacidad de mímica y contención que desarrollé en una noche. En los penaltis no tuve cojones de verlos sentado. Me balanceaba como un niño loco y miraba pa arriba en cada penalti –espectacular también la forma en la que casi me asfixio conteniendo la celebración-. Y cuando se terminó la tanda de penaltis, me llevé las manos a la cabeza, empecé a llorar y la gente de alrededor empezó a consolarme pensando que era uno de ellos, debían estar acostumbrados los pobres. Salí inmediatamente de aquel campo, recorrí la Avenida de la Palmera corriendo como Navas por la banda, llorando a lágrima viva. Cuando llegué al puesto de “Los Monos” empecé a gritar improperios y barbaridades contra una hinchada que me había arropado en los peores momentos. Sí, en calidad de persona tengo cierto déficit, pero era un derbi. Un derbi europeo.

Otras remontadas claro que se recuerdan, pero no eran iguales a las contadas. Algunas al Real Madrid en nuestro feudo y otras tantas que nos hicieron quitarnos la bufanda de los nervios y el chaquetón del sofocón. Todas especiales, pero como la primera va a ser difícil que la recuerde.

A todo esto, Francisco Luis sigue siendo mi amigo. Me sigue dirigiendo la palabra y es un tío espectacular. Su prima también.

Y todo este tocho no lo escribo porque sí, lo escribo porque esa misma bestia del 99, la tuvimos, mejorada, este fin de semana. Y el sustito por lo menos se lo llevaron. Igual que en Tibilisi, que tras ir perdiendo 4-1, igualamos el partido y forzamos la prórroga, aunque una falta mal defendida le diera el título a los catalanes.Pues resulta que es el otro finalista de Copa del Rey. No va a ser fácil, pero va a estar apasionante, sólo hay que ver nuestros últimos enfrentamientos.

La ley de Murphy. Ya hay fecha para la Final de Copa.

By : Alex González


Si te echas una novia que no le gusta el fútbol, olvídate del fútbol.

Eso es una máxima que se comenta en los aledaños del estadio cada domingo de partido. Y con esa idea estoy desde que la aprendí de chico. Cada vez que veo a alguien que dice “no, hoy no voy al fútbol, porque tengo que ir con la parienta a…”, me da mucha pena y pienso en una hembra dictatorial, con un látigo de cinco puntas en la mano y absolutamente explosiva, cuyas felaciones te hacen perder el conocimiento, si no, no se entiende esa elección.

La vida ha hecho que me “arrejunte”, que diría mi abuela de Alcosa, con una muchacha que le gusta el fútbol, pero es bética. Son esas cosas bonitas de nuestra Ciudad. Bonitas pero que te tocan los cojones en cada discusión con Nono de por medio. Además, no puedes buscar en ella un aliado que te refuerce las discusiones contra otros verderones, ¡es una de ellos! Y eso te hunde. Pero la quieres. Eso es así. No voy a particularizar mucho más en qué ocurre si la novia es bética, de lo que me gustaría hablar en este capitulillo es de los compromisos maritales.

En una relación de pareja, fútbol-yo, yo-fútbol, y con tu novia de por medio, si existe una mínima posibilidad de que algo pueda salir mal, saldrá. Es la ley de Murphy, muchachos.
Si he quedado con mi novia después de un partido y me he atrevido a dar una hora exacta a la que iré a recogerla, que ni se me pase por la cabeza llegar a tiempo. Mi precipitación, provocada por otra parte por la amenaza subyugante del “¿hoy no quedamos?”, me ha impedido pensar en el enorme atasco que se produce en las calles anexas a nuestra bombonera. En el caso de que coja un autobús, el circular, el 32, el 27… cualquiera de ellos irá hasta arriba de gente, sevillistas como yo que tienen que volver a casa antes de que sus mujeres –anteriormente novias- protesten por el estado de nerviosismo con el que llegamos por el puto fútbol o por la hora a la que me presento por la puerta. Además de que estos autobuses también tendrán que superar las barreras del tráfico. Caíste, muchacho enamoradizo.

Si estamos hablando de una eliminatoria de UEFA o Copa del Rey, o incluso afortunado de mí, que tuve novia cuando jugamos la Champions, recuerdo que tuve el valor de decir “En cuanto termine el partido, voy a recogerte”, pensando que la eliminatoria no se resolvería con prórroga y penalti. La Ley de Murphy nos asegura en ese momento el resultado por el que hay que apostar. No se lo digo al resto de mis compañeros sevillistas para ahorrarles el disgusto, pero ya sé en mi interior que es capaz de haber penaltis. De hecho, muchos novios como yo, cuando estamos en plena prórroga, con un córner en contra, no estás angustiado por el hecho de tener más cerca al rival, si no por lo lejos que tienes a tu novia esperando y lo lejos que está la hora pactada, la has sobrepasado como Alves las expectativas de Monchi. Caíste, muchacho enamoradizo.

Eso son casos puntuales, partidos sueltos, rondas de competiciones mayores… pero centrémonos en la liga, en el día a día del sevillista, en el domingo a domingo mejor dicho.

Es habitual en una pareja tener algún almuerzo de compromiso. Ya sea en casa de ella, en un restaurante con tus suegros o en casa de algunos amigos. Y la gente tiene la puta mala costumbre de quedar un fin de semana, cuando hay fútbol. Bueno, y los jueves. Desde que jugamos la UEFA, el día de la semana que más eventos familiares hay en las familias de la sociedad sevillana es el jueves. Sí, señores, en cuanto Baptista metió el gol al Osasuna en aquel mayo del 2004, la cúpula de suegras y amigos a los que no les gusta el fútbol se reunieron para asegurar que los eventos más importantes de tu novia se realizarán los jueves. Y así se ha quedado, reservando solo unos cuantos para el fin de semana, pero en los que jugamos en casa.

Si hay alguien más pendiente de los horarios y del calendario liguero que Canal Plus y Michael Robinson, ese soy yo. Desde que las plataformas televisivas se dan de hostias para televisar un partido y los horarios los mueven y los ponen a horas lamentables, mi vida se reduce a un eterno suspiro de resignación. Porque, ¿quién iba a pensar que los horarios iban a encajar bien con mi vida amorosa? ¿quién, en su sano juicio, apostaría por un horario compatible con mi cita importantísima con la familia de ella? Sí, de nuevo la Ley de Murphy.

Si un horario puede salir mal, saldrá mal.

Si hay una cena el domingo en casa de una amiga de tu novia que no está abonada al Canal Plus, el partido será el domingo a las nueve de la noche. Si sales al centro a comer con tus suegros un sábado, el partido te lo pondrán a las cuatro de la tarde de ese sábado. Y quien me lleve la contraria en este tema es que no ha tenido una relación estable tanto tiempo como yo.

Muchas veces he llegado a pensar que la LFP pincha mis teléfonos y se descojona cuando pone los horarios.

En mi familia ya saben que como haya fútbol, el enfermo de Alejandro no se presenta o coge las de Villadiego cuando la hora del partido se aproxime. Como en aquella comunión de mi prima chica, en la que el Sevilla FC se jugaba el pase a la Champions contra el Deportivo de la Coruña, en 2009, y mis tíos tienen la insensatez de poner la comunión el mismo día del partido. Pero, ¿a qué santo cura se le ocurre repartir hostias un día como ese? Pues cuando la tartita y los regalos ya estaban abiertos, el que les escribe cogió el coche con violencia, partiendo desde el convite en Castilleja y bajando la cuesta desde el Aljarafe como si el París-Dakar se tratase. No me maté. Y Perotti metió un golito de penalti que nos clasificó para esa competición tan tonta…

Hay gente que cumple aniversario en febrero, con San Valentin, tan romántico. O en agosto, por ser un amor de verano. Una polla. Yo en mayo, en la segunda quincena, cuando se juegan las finales de cualquier competición: liga, champions, copa. Da igual. Y este año, por tercero consecutivo, volvemos a jugar una Final. La de la Copa del Rey. Y sí, ha caído el día de mi aniversario, el 22 de mayo.

Si tu equipo está más o menos acostumbrado a moverse con cierta desidia por la primera división y lo más que estás acostumbrado es a enfadarte en una semifinal y a llevarte el subidón porque tu equipo ha ascendido de Segunda –qué apropiado lo de subidón-, ¿quién coño iba a pensar en mayo como mala fecha para empezar a salir con una tía? Pues el Sevilla FC se hizo grande y empezó a convertir nuestros mayos en auténticas maravillas para el recuerdo. Y para mi economía. Si a los regalos de aniversario y el gasto de las ferias tardías le añadimos la puta costumbre de llegar a las últimas rondas de Copa o UEFA de los últimos años, el mes de mayo es el mes de las flores, el mes de la ruina económica. Sí, muy romántico todo. La culpa es mía por enamorarme con el calentón de Mayo y no esperar al veranito o adelantarlo al fresquito primaveral de una noche de marzo.

Mi novia, resignada y sabiendo el tarado que tiene por novio, ya ni cuenta conmigo para las quedadas con sus amigos. Ni piensa en que nos veamos un domingo antes de las nueve de la noche. Contribuye positivamente a que me vaya de viaje con el Sevilla FC, incluso me ha regalado viajes y entradas para que no consiga curarme de lo mío. Por eso la quiero tanto, porque sabe que lo nuestro es casi un menage a trois con el Sevilla FC. Y lo respeta.

Mi padre. Otro caso.

By : Alex González

En un artículo anterior dije que había que hablar de mi padre. Ahora es el momento.
Mi padre tuvo la suerte de ser sobrino de unas muchachas que se casaron con el Presidente del Sevilla Atlético, Manolo Fernández, con el futbolista Dieguez y con el masajista del Sevilla FC, don Manolito Pérez. Cada una. No las tres en plan bacanal. Cojones, que hay que explicarlo todo.
Esto hizo que mi padre durante muchos años disfrutara de un carnet en Preferencia, como los niños ricos y mimados. Lo era. Pero su época de “jipilismo” y el encontrarse el amor de su vida, mi madre, hizo que poco a poco se despegara del fútbol y, en la época de los ochenta, dejara de vivir intensamente este venenillo que tenemos con el Sevilla FC.

Pero resulta, que el pobre hombre, empezó a criar por principios de los noventa a una criatura que en el colegio se picaba con el Sevilla FC y con conocer la fecha de nacimiento de todos los futbolistas (porque venía en el álbum del que hablé hace tiempo).
Ese chavalín, al que al principio su padre no le echaba cuenta con el fútbol, era yo. Os dije que él mismo fue quien me vistió de sevillista nada más nacer. Y que me llevó al Sánchez Pizjuán por primera vez en la temporada 94/95. Pero mi padre no estaba muy por la labor de engancharse de nuevo a esto del Sevilla FC.

Sin embargo, las cosas de la vida, el niño cada vez daba más por culo con el “fúrbo de los cojones”, frase que se acuñó en mi casa del Parque Norte hace ya mucho tiempo, y casi todos los días se podía ver algo de fútbol en la tele gracias a mí.
En la temporada 98/99, que conseguimos el ascenso, mi padre ya tenía resucitado el sevillismo en su interior, aunque aún de manera poco ultra e intensa. Fuimos a la Puerta de Jerez para celebrar dicho ascenso y mi hermana nos acompañó, con tan solo 9 añitos.

El caso de mi hermana, que no es de lo que iba a hablar hoy, también merece un pequeño paréntesis en el artículo.
Pues en su momento fue una niña cursi, educada en las Esclavas del Divino Corazón, en pleno centro de Sevilla. Que jugó al Baloncesto en el Club Naútico, y porque uno más pijo es el Cumbres HighLands y no tenían un buen equipo. Que sus amigas le llegaron a llamar Mariu, porque Eugenia tenía demasiada connotación poligonera para muchas de ellas. Esa misma. Ahora es capaz de decir “Me vais a comer la polla en dos tiempos, tú y tu puta madre”.
Sí, disculpad este verso becqueriano en el artículo, pero era necesario para mostrar el contraste que ha sufrido mi hermana en sus escasos 25 años de vida.
Esa misma, a decir verdad, empezó su sevillismo en la Puerta de Jerez, indicando a Manuel Ruiz de Lopera sus indicios de homosexualidad. No sé por qué me iba a extrañar de haberse convertido en una auténtica hoolingan que ha disfrutado de más desplazamientos que yo, aunque la mayoría de liga.
He de confesar que alguna vez me he escondido en mi asiento, cuando se levantaba en contra de la gente que no apoyaba a Manolo Jiménez, o cuando soltaba más improperios de la cuenta contra el Real Madrid, tanto a la institución como a sus aficionados.

Cerramos el paréntesis.

Pues como iba diciendo, conseguí, sin querer, resucitar el sevillismo de mi padre. Y tras un divorcio con aquel amor de su vida que lo apartó del fútbol, se volvió a enamorar de su Sevilla FC.
En mi casa no somos demasiado supersticiosos. Pero desde que mi padre volvió a la dinámica del fútbol, el conjunto “camiseta-gorra-auriculares-asiento” es un cuarteto inmodificable.
Llegamos a dejar de ir a algunos bares porque el Sevilla FC empató la última vez que lo vimos allí. Como si el dueño del bar tuviera la culpa de las cantadas de Diego López o los mano a mano de Chevantón con algún portero. O como si las decisiones arbitrales dependieran de la camiseta que lleve él puesta. Eso sí, no cree en los árbitros.

No cree en los árbitros. Esas criaturas oscuras y aladas que tienen la potestad de infartar a mi padre con sus decisiones divinas.
Fue entrenador de baloncesto en su momento y tuvo que morderse mucho la lengua. Ya no. No se muerde la lengua y suelta todo lo que piensa de las decisiones arbitrales durante el partido, de la madre que trajo al mundo al trencilla y de parte de la Real Federación Española de Fútbol. Y de sus madres.
Pero tiene un defecto -el párrafo anterior no creo que sea un defecto, simplemente es un estado de incoherencia mental provocado por la maldad innata de muchos árbitros-.

Se pone demasiado nervioso.

El otro día, en la eliminatoria de Copa contra el equipo que parecía el cadete de algún club que vista de verde, estaba agobiao ganando 2-0. Sí, señores lectores, agobiao, por “si nos entra la pájara”. ¿Qué pájara, cojones? Tiene que entrarnos un buitre leonado para perder la eliminatoria como se nos puso el otro día…

En la final de Varsovia, frente al Dnipro, en el minuto 84 de partido y con un balón dividido en el centro del campo, ganando 3-2, gritó “pero árbitro, pita ya el finaaaaal”. Con muchos signos de exclamación. Tuve que reírme, aunque la tensión del momento me impidió analizar en profundidad qué es lo que había hecho con mi padre, en qué nos habíamos convertido. Ahora prefiero no analizar.

Pues así está, uno de los fundadores del “¿Lo ves?”. Sí, el “¿Lo ves?” es una corriente filosófica que recorre muchos domingos el Ramón Sánchez Pizjuán y consiste en estar todo el tiempo pensando que nos van a remontar, que nos van a expulsar a uno, que se nos va a ir el partido, etc. Pero tenerlo callado en el interior o soltar de vez en cuando un “Verá tú”, en señal de aviso.

Pues mi padre es especialista en decir “¿Lo ves?” cuando menos te lo esperas. Aunque vayas ganando 4-1, si el otro mete el 4-2, suelta la frase mágica. Y seguidamente suelta un “veratú”. Ahí es recomendable para los que rodean a estos filósofos de nuestra época, que quede poco tiempo de partido, porque pueden ocurrir dos cosas: o bien termina el veratuciense con un embolia cerebral amenazado por el empate, o bien eres tú el que terminas con la embolia de tener que aguantarlo. Seguro que muchos de los que me leen lo habéis vivido.

Y ahora llegamos a la fecha clave del campeonato. Vuelve la Europa League y estamos en Cuartos de Copa contra un rival que, pese a ser de Segunda División, se ofrece mucho a ser partido de “Verá tú”. Y en liga ya estamos subiendo poco a poco en la tabla. Recortando puntos al Villarreal y ampliando ventaja a los perseguidores.

En fin, así termino este artículo, espero que os haya gustado el personaje de mi padre. Merece la pena conocerlo.

Cuando empecé a tener uso de razón.

By : Alex González
La mayoría de la gente piensa que el uso de razón se tiene cuando uno empieza a discernir entre el bien y el mal, o es capaz de debatir sobre temas interesantes, o se empieza a tener curiosidad por las cosas que le rodean… pues no. Para mí, el uso de razón lo empecé a tener cuando en mis manos tuve el primer calendario de liga que recuerdo, la temporada 94-95.

Ese calendario no venía en un folletito de estos que te dan en la pescadería con el Sevilla FC y er beti marcados en negro y la portada exactamente igual salvo por el color y el escudo. No. En esos calendarios podías encontrar fallos como que jugábamos el mismo fin de semana dos veces y contra rivales distintos, que en dos jornadas seguidas jugábamos contra el mismo equipo o que el año de fundación no se diferenciaba de cuando se fundó la pescadería del buen hombre que, para congraciarse con tu abuela, le dio un taquito “que eso le gusta mucho a los niños”. No. De esos no.
 Mi primer calendario estaba en las primeras páginas de un álbum de cromos. El de esa temporada. Bajo un color marroncito, con el Real Madrid como primer rival y con una tabla de puntos para que tú la rellenaras en cada jornada y fueras viendo cómo iba la cosa. Ese era el calendario. Ahí empezó mi futbolería.
Realmente no es mi futbolería, era el uso de razón. Yo estuve vestido con la equipación del Sevilla FC a la semana siguiente de salir del hospital cuando nací. Pero yo no elegí esa equipación. Gracias a Dios que mi familia paterna era sevillista de toda la vida, incluso algún familiar tuve jugando en el Sevilla Atlético y viviendo en la esquinita de gol sur. Pero de eso hablaremos más adelante. Ahora hablamos de ese acierto de ponerme, por aquel 1987, unas calzonitas blancas apunto de estallar a cuenta de mis cachitas rojizas y una camiseta con el escudo del Sevilla FC bordado en el pecho. Menos mal que no me vistieron de caramelo Pictolín. No lo hubiese perdonado nunca. A los pies, bueno, al lado mía, un balón Tango que mi padre tenía desde el Mundial del 82. Si supiera por aquel entonces Adidas que no tendría cojones de manejar con los pies un balón en condiciones durante toda mi vida, seguramente se negaría a participar en la foto y retiraría el balón del mercado.

Pues ahí todavía no se puede decir que yo fuera sevillista. Me niego. Fue una cosa impuesta. Yo fui sevillista cuando estando con mis amigos en el colegio, después de aquel puto derbi que perdimos en casa 0-1, en aquel 94 del que hablaba antes, los béticos se pusieron en una esquina del patio del colegio a cantar bravuconadas insultantes y descerebradas. Me di la vuelta, me puse en la fila de mi clase y dije en voz alta, con tan solo siete añitos: “Vaya atajo de subnormales”.

Sí, lo reconozco, yo con los derbis es que me pongo malo. Puede ser que me crié en esta franja de los noventa en la que los derbis eran frustrantes y enquistados, que llegar al colegio después de jugar en el Villamarín era una puta tortura, peor que si tuviéramos cualquier examen. Yo siempre fui muy empollón, notas altas y repipi con gafas culo de botella -¿quién no ha tenido unas gafas “Snoopy” y no ha tenido ganas ya de mayor de denunciar a la empresa diseñadora, al óptico por aconsejar así a tus padres y a tus padres por permitir el escarnio público?-, así que los controles de Cono, Mates o Lengua no eran más que una insignificancia al lado de la tragedia griega de perder un derbi. Es más, mientras veía o escuchaba el fútbol –sí, zagales actuales, el fútbol hubo una época en la que sólo lo radiaban, no lo echaban por la tele- ya estabas tenso pensando en la carita del hijo de la gran puta de tu compañero de mesa. Su risa era una amenaza en tu imaginación con cada ataque de Oli, Alfonsito, Ureña o Roberto Ríos. Qué sufrimiento de colegio.

Ese año, 1994, fue cuando me convertí en sevillista de verdad. Y, como dice mucha gente, “sevillista de los buenos”. Esa frase es bastante simpática. En nuestra gloriosa Ciudad –me niego a poner en minúscula Ciudad cuando hablemos de Sevilla- hay sevillistas buenos y sevillistas malos. Bueno, en realidad, no se dice “sevillistas malos”, sino “Este es sevillista pero ni ve los partidos ni na, solo se acuerda cuando gana”. Sí, de esos ha habido siempre. Esos te tocaban los cojones en el colegio cuando se apuntaban la victoria del fin de semana, estaban chuleando a los béticos y tú pensabas, “mamona, si tú no has sufrido lo que yo con el partido, cachoperro, qué vas a venir contando de ganar…”. Pero como era bueno para la causa, hundir en el mayor dolor y sufrimiento al bando opuesto, te callabas y le seguías el rollo. Eso siempre ha sido una técnica muy habitual en mí. Me callo, pero estás diciendo nada más que gilipolleces, y sé que sabes que lo pienso, se me tiene que notar en los ojos.

Un sevillista de verdad, por aquel entonces y a mi edad, era rezar todas las oraciones que Don Genaro, mi profesor de tercero de primaria, nos había enseñado en el colegio para que el Sevilla FC ganara. Hasta recitaba el “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” golpeándome el pecho como si ya estuviera viendo a Rafa Paz pasar el balón de una banda a otra. Necesitaba rezar mucho. Tenía que funcionar. Gran parte de culpa de mi poca fe y mi poco cristianismo viene de esto precisamente. El que yo rezara y el Sevilla FC no pasara de un triste empate asqueroso. ¿Cuánto tenía que rezar ese niño de siete años para que el Sevilla FC remontara? ¿O cuántos avemarías eran necesarios para compensar tres putos goles de Alexis, Oli y Cañas? Así es imposible creer en nada. Y así estoy, sigo enfadado por muchas remontadas en contra en el último minuto.

Así nací como sevillista, con un palo. Y eligiendo el camino difícil. Aunque ese año, bien es verdad, fuimos a UEFA. El año en el que fui por primera vez al Ramón Sánchez Pizjuán, algo que ya conté la semana pasada, jugando contra el Valencia CF...

Por lo tanto, no creo que ninguna decepción en esta temporada, por mayúscula que sea, consiga pararme de animar a un Sevilla FC y a un Emery que, para mí, "está Rey".

Lo de Coruña fue el enésimo partido asqueroso fuera de casa, pero se empató.
Y el martes se viene la Juve a pasar la tarde... como para estar decepcionado o dejar de querer a nuestro equipito.


Te quiero Sevilla, y te quiero desde hace mucho, no te voy a dejar, pero tú tampoco me toques los cojones, joder, que me tienes loco.

En Quinto manda el Sevilla FC.

By : Alex González
Qué desafortunados son los zagales de hoy en día… por culpa de la pedagogía cursi y las burbujitas protectoras que se le ponen a los niños de ahora alrededor de ellos para que no sufran, nunca podrán vivir un encarnizado y sangriento derbi en los que salten clavículas, uñas, mechones de pelo y dientes de leche.

Además, el coñazo mediático del Real Madrid por huevos, CR7 hasta en la sopa y camisetitas de Bale, Neymar o Casillas a precio de copia barata traída de la misma Nigeria, hacen que en los colegios cada vez se vayan difuminando más las camisetas sevillistas o las de barras béticas. Una lástima.
Prefiero mil veces que un niño vaya vestido de caramelito pictolín a que vaya de blaugrana o merengue. Asquito. Lo de ir de pictolín es triste, porque supone una grave enfermedad criaturil, pero es mucho más bonito que se sienta identificado con su ciudad, sus antepasados y tenga un referente cercano, aunque criaturil. Soy chauvinista de mierda. Sí. Hasta las trancas. Y prefiero una mierda de aquí a una mierda de fuera. Aunque sea mierda de calidad.

Recuerdo en mi colegio auténticas batallas campales en el patio “Hermano Agustín”, en mi colegio de la Salle de la calle San Luis, en las que protegía mis gafitas de snoopy (leer el artículo en el que ya hago una denuncia pública a esta marca por sus modelos de gafas) y mi mochila, donde guardaba el aparato dental “de quita y pon” que me habían puesto porque tenía las paletas tres dedos más pafuera de la cuenta y que me daban un toque canarinho por mi parecido a Ronaldinho.

Yo fui delegado en la mayoría de los cursos, como buen empollón, y tenía la difícil tarea de decidir si hacer equipos por pares y nones o por sevillistas contra béticos.

Mi destreza futbolística nunca fue mi fuerte. Mucha visión de juego y tal, pero desde el centro del campo y medio quieto con mis pies planos. Por lo que sabía que de los primeros no iba a salir elegido si salía por pares y nones y vete tú a saber qué equipo de mierda hacía el que me eligiera. Así que siempre jugábamos sevillistas contra béticos, conocía que había buen nivel en ambos bandos y todos los jugadores, absolutamente todos los jugadores, estábamos comprometidos con la causa. Muerte al contrario, independientemente del resultado.

En aquél grupo de sevillistas estaba mi amigo Francisco Luis, del que hablaré en artículos posteriores, porque se convirtió en mi compañero de penas en mis primeros años de carnet.

Bueno, sigamos hablando de ese Quinto de Primaria en el que en los recreos, separábamos nuestras amistades en dos bandos, como las dos España, pero esta vez en serio.

Veinte jipis corriendo como posesos, sin táctica ninguna, sin miedo a la muerte, puesto que nuestro escudo estaba por encima del bien y del mal, con la vena del cuello a punto de reventar, discutiendo cada jugada dudosa, repitiendo el “la ha seguío” y aplicar una ley de la ventaja bastante inverosímil y en un espacio reducido porque con los hijos de puta de sexto había que compartir el campo. Ese era el fútbol de verdad. Eso eran los derbys. Y no las mierdas que juegan ahora. Anda que íbamos a usar un spray pa poner la barrera. Pocas patadas se ha llevado una barrera por adelantarse más de la cuenta…

Yo quisiera ver a Dani, ese pelón que se motivaba mucho en los derbys aunque al final na de ná, jugando uno de estos partidos en mi colegio. JÁ. O a Maresca tirando un penalti como aquél que nos dio el derby hace unos años. Pocos gapos se hubiese llevado de mi amigo Josemi, respetuoso con el rival pero hasta que hicieras por marcarle.

Era otro mundo.

Don José Ángel, el jefe de estudios, como primera medida, tuvo que prohibir nuestros balones de reglamento, que solía traerse Ale Silva, un beticucho de la calle Antonio Susillo, pero un grandísimo amigo (en el recreo no) o Jesús Pando, el bueno jugando, pero este sevillista.

Recuerdo también una tutoría en la que se intentaba paliar las broncas de nuestros recreos con una charla en la que nos inculcaron que a nuestros compañeros hay que quererlos y respetarlos, porque todos éramos, y supongo que seguiremos siéndolo, como hermanos e hijos de Dios. A esta falacia de la Señorita Mari, saltó Juanito Halcón (Juanito por lo de no superar el metro sesenta hasta bien pasados los 18 años) y dijo por lo bajini "sí, pues los sevillistas van a ir al infierno". Yo me reí, pero en verdad esa afirmación me supondría una eternidad ardiendo en llamas, pero en ese momento me importaba poco. Me reí hasta cuando íbamos en el autobús de vuelta a casa.

Finalmente, tras múltiples conatos de Guerra Civil en el colegio, varias mandíbulas desencajadas, varias sudaderas de chándal impregnadas de la sangre rival y varias agendas del colegio firmadas por nuestra tutora, la Señorita Mari, con una dedicatoria muy bonita en la que se invitaba al colegial a no asistir en varios días al cole, Don José Ángel tomó la decisión de prohibirnos los derbys durante los recreos.

He de decir que yo nunca he sido un valiente aguerrido que me inmiscuyera en las batallas, pero sí era un fanático seguidor de ellas y defensor de ambos bandos y de las causas frente al tutor o el Jefe de Estudios. Ya os he dicho que tenía que proteger mis lupas.

El caso es que, en estos derbys, por lo menos en quinto de primaria, que yo recuerde, el Sevilla FC ganó la mayoría de los partidos que jugamos. Puede ser que “la mayoría” fueran dos partidos ganados más que los béticos. Ambos equipos estábamos muy igualados por aquél entonces. Como en la vida real, bueno en el fútbol profesional. Puede que con los años haya pasado como en la liga y la diferencia entre ambos se haya acrecentado demasiado a favor nuestro, pero no me veo ahora mismo jugando ningún partido, ni a ninguno de esos 20 guerreros lasalianos, sevillistas o béticos. Pero sí puede que si se hicieran ahora esos partidos entre los chiquillos actuales, el porcentaje se hubiese volcado completamente hacia el lado sevillista, como los derbys de la tele en estos últimos años, seguramente eso se aprenda y las criaturitas ahora lo tengan un poco más asumido.

Aish… qué bonitos recuerdos. Se me ponen los pelos de punta cada vez que pienso en un derby. Porque no es solo 11 contra 11 vestidos de blanco o de pictolines. Es una sociedad entera pendiente para poder humillar y cachondearse del rival en la mañana siguiente, o durante toda la semana siguiente, o todo el puto mes, qué coño, que no hubieran perdido…
Y la puta suerte de los niños de quinto de este año es que el lunes después del derby muchos faltarán con la excusa de que ya es casi Navidad y no merece la pena ir al cole. Pero eso es mentira, ellos lo saben. Muchos faltarán por no tener que agachar la cabeza y no perder una mandíbula en un derby en el recreo. Muchos faltarán por dignidad y honor. O la falta de ambos.


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